
Afortunado si, tremendamente afortunado me sentí cuando crucé el arco en la alameda
Rondeña. No estaba muy animado hace
unos meses cuando realicé la preinscripción, incluso cuando obtuve la plaza,
tampoco me produjo una gran ilusión. Por qué?, pues no sabría explicarlo, quizás por la razón de encontrarme un poco
cansado de carreras y de los preparativos que
conllevan este tipo de pruebas. Incluso me planteé anularlo o cederlo. La verdad es que cada vez
me gusta más correr por correr sin tener
ningún objetivo a la vista. Pero conforme se iba acercando la fecha,
afortunadamente todo empezó a cambiar.

Hace cuatro año, la disputé por primera vez y las sensaciones
fueron buenas, pero el desgaste que sufrí, me hizo recapacitar y pensar que con
una vez era suficiente.
Pero esta vez ha sido distinto, la he disfrutado, la he
vivido, la he sentido, la he gozado y no sé
cuántos calificativos más se podrían achacar a todo lo que ha
rodeado mi participación este año en los 101.
No sería verdad si dijera que todo ha ido a la perfección. En una carrera de este tipo,
que más la definiría como una prueba de resistencia, hubo momentos malos, pero
los buenos lo superaron. Fue un cúmulo
de vivencias, de ganas de vivir, de satisfacción por cada kilómetro
recorrido, algo muy grandioso que me hizo sentir y disfrutar de la lección de vida que envuelve esta carrera.
Con Javi, experto y buen conocedor de los ambientes
cientouneros por sus numerosas
participaciones anteriores compartí viaje y carrera. Todo es más fácil y
distendido con él. Te anima, te arropa y
te entretiene por su manera de
ser y por su profundo conocimiento de cada palmo
de la carrera. Fue él culpable de
que todo saliera de la mejor manera.
A las 11 en punto lo preceptivo, los clásicos vítores que te
ponen la patata al máximo de revoluciones y a correr. Nos quedaban muchos
kilómetros por delante. Nada más salí del estadio nos encontramos una ciudad
entregada a su carrera. Impresionante como estaban las calles de gente
animando. Entrar dar la vuelta al ruedo
y salir por la preciosa plaza de toros fue un detallazo de la organización.
Como siempre hago, me planteé la carrera por tramos. No
quería pensar más allá. Tanto Javi como yo decidimos mantener un ritmo no muy
exigente pero continuo. Nuestra estrategia era la de parar lo menos posible,
incluso ni para comer. Había que intentar
que la noche nos cayera lo más cerca de Ronda. Yo al correr con
sandalias, sabía que cuando faltara la
luz iba a tener un importante hándicap
en mi contra.
Los primeros veintitantos kilómetros pasaron volando. Casi
sin darnos cuenta llegamos al primer avituallamiento importante. Cogimos un
sándwich, un donut, algo de fruta y sin
parar lo fuimos devorando.
Íbamos disfrutando, a un ritmo estupendo y sin ningún tipo de
síntoma que hiciera presagiar algo raro.
La temperatura ideal, el cielo nubladete e incluso un agradable sirimiri nos
refrescaba. Mis pies perfectos, mis
huaraches comportándose como campeonas ante la extrañeza de muchos corredores
que se quedaban perplejo por mi forma de correr.

Los kilómetros iban pasando y empezamos a ver las primeras
casas de arriate, las calles por la que pasamos llena de gente. Niños dándote
caramelos y animando sin cesar. Es algo por lo que esta carrera se hace tan
especial, la gente la hace suya y la disfruta. Nada más pasar el pueblo, la
primera dificultad importante, la interminable cuesta. Una subida que no tiene
fin. Cuando parece que se va terminando, de nuevo se empina y así hasta en
varias ocasiones.
Los cincuenta estaban cerca, pero antes teníamos que pasar
por Alcalá del Valle. De nuevo impresiónate el gentío, que manera de arropar a
los corredores. De momento todo marchaba
según guion, tanto Javi como yo sin ningún problema y ya a estas alturas descontando, habíamos
devorado la mitad del recorrido.
Setenil estaba muy
cerca, era el siguiente pueblo. Indescriptible
el ambientazo. Ya por aquí las fuerzas no flaqueaban pero se iba notando
lo recorrido. Entramos rapidísimo en el avituallamiento
y aun mas rápido salimos. El siguiente
tramo hasta el cuartel, recuerdo que se me hizo soporífero en la anterior
participación. En esta ocasión fue más llevadero.
Empezó a hacer un poco de calor pero seguíamos
bien. En la cuesta de Chinchilla, Javi
empezó a notar algunas molestias estomacales. Me dijo que no le esperara, que tirara y que intentaría darme
alcance. Le dije que no, que me quedaba y que tiraríamos junto. Terminó por
convencerme y al final decidí tirar. Sabía
que solo sería algo momentáneo y que lo superaría como así fue. Es un corredor
con muchísima experiencia y curtido en
grandes batallas. Ya no nos veríamos
hasta la meta.
Uno de mis propósitos antes de empezar era el poder llegar de
día al cuartel para aprovechar la luz solar lo máximo posible. Sobre las ocho
de la tarde entré. Recogí la bolsa con la cena caliente y la devoré. No quise ni sentarme, quería estar el mínimo
tiempo parado para no perder nada de tensión. Sabía que si me sentaba en el
comedor y me relajaba para cenar, me costaría arrancar y lo podría pagar.
Según los entendidos, a partir de aquí es cuando realmente
empezaba la carrera. Quedaban sobre
veinticinco kilómetros agotadores y lo peor para mí, la noche. Nunca había
corrido sin luz por montaña y con sandalias. Sería una experiencia nueva. Se me abría un abanico de expectativas. Como afrontaría
las bajadas, las fuerzas ya no eran las misma, pero la ilusión estaba intacta. La cuesta de la Ermita
agotadora. La bajada a Montejaque ya con poca luz espectacular que paisaje más
bonito. Poco a poco van pasando los kilómetros
y es cuando empiezo a sentir que el
cuerpo empieza a avisarme. Los primeros síntomas
de agotamientos empiezan a aparecer, pero sé que lo tengo en la mano. Por fin después
de una sinuosa vereda aparece la silueta de Ronda en la oscuridad. Qué imagen
más maravillosa. No queda nada. En las bajadas ya no corro, no quiero arriesgar,
muchas piedras sueltas y en cualquier momento puedo dar un traspié. Por fin
Ronda, la sufrida cuesta del cachondeo, el centro y felizmente la ansiada meta en la
alameda. Recojo la medalla y miro el
crono, 13:58. No me lo podía creer. Había bajado casi dos horas de mi anterior
participación. Me
siento en un banco y miro al cielo. Lo he conseguido, he vuelto a vencer a los
101 y esta vez en sandalias.
Javi entró diez minutos detrás mía, casi me coge. Increíble
lo vivido, que maravilla, que sensaciones y que ganas de intentarlo de nuevo el
próximo año.

Como resumen destacar, que ya puedo decir que mi transición
al minimalismo ha concluido. Ha sido una prueba de fuego para mis pies que han
aguantado perfectamente. Ni una sola ampolla, ni un rasguño, solo una pequeña
herida producida por la cinta de la sandalia en el talón.
En cuanto a la organización decir que la legión se ha
desvivido, todo han sido ánimos y sonrisas hacía los corredores. No ha faltado
de nada. Los puestos cada cinco kilómetros con fruta e isotónico en abundancia.
En fin todo de diez. No es de extrañar que esta carrera esté en la elite a nivel nacional.
No me quiero olvidar de Oscar y de David, compañeros de
fatiga que tuvieron algún problemilla pero que terminaron como los campeones
que son. Tambien para el fuera de serie Juan Luis que por una inoportuna lesión tuvo que abandonar. Igualmente chapó para Inma y Natalia que hiciron una carrera de traca y una marca estratoferica. Una parte de esta pequeña gesta se la
quiero dedicar a mi compi Pumwooky que ha pasado una rachilla de salud,
pero que afortunadamente ya está casi repuesto y pensando en los grandes retos
en los que va a competir.
Viva la Legión....
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